En Bucarest no se tiene una imagen romántica de los mineros. Menos aún de lo que se conoce como mineriadas, las marchas mineras sobre la capital. Los sucesos de 1990 -cuando los mineros hicieron de escuadrones de choque del presidente Iliescu contra los estudiantes- y la marcha de 1991, la que provocó la caída del primer ministro Petre Roman, dejaron tal marca que, incluso, existe la Asociación de Víctimas de las Mineriadas. Los gitanos de los suburbios de la capital llegaron a armarse con palos, sables y cuchillos. No olvidan las agresiones brutales que sufrieron en 1990.

Mineriada din 13-15 iunie 1990Foto: Agerpres

Miron Cozma, un populista con experiencia en derrocar Gobierno

Líder de los caras negras, Miron Cozma, de 47 años de edad, se hizo conocido durante la caída del régimen comunista de Nicolae Ceausescu, al ser elegido en 1990 representante de los sindicatos mineros del valle del Jiu. Ese mismo año dirigió la primera incursión sangrienta de los caras negras sobre Bucarest contra los estudiantes que se oponían al régimen del expresidente Ion Iliescu. Un año más tarde, en septiembre de 1991, condujo a un nuevo grupo de mineros contra el Gobierno del primer ministro, Petre Roman, que se negó a satisfacer sus reivindicaciones. La presión fue tal que Roman se vio forzado a dimitir.

Fue poco después de la llegada al poder de la actual coalición, en noviembre de 1996, cuando comenzaron los problemas para Miron Cozma. Detenido entonces por la manifestación de 1991, fue condenado a un año y medio de prisión. Ya en libertad, en junio de 1998 fue reelegido jefe de los mineros, y durante unos meses se unió a las filas del partido de extrema derecha Romania Mare, para abandonarlo durante las huelgas del mes de enero de 1999 a fin de evitar "especulaciones".

Excelente orador y temible negociador, este líder carismático, que se define a si mismo como "un hombre piadoso", ha conseguido a lo largo de sus años de sindicalista grandes aumentos salariales y una gran estabilidad en el empleo de sus ortaci (mineros). Todo ello a costa del hundimiento económico de las cuencas mineras de Rumania.

Léa el reportaje del corresponsal de El País, Hermann Tertsch.