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El Monzón y las cuestas del Himalaya

de Jesús del Cerro     HotNews.ro
Vineri, 14 octombrie 2016, 14:22 Espanol - sociedad

Camino del Campamento Base Anapurna
Foto: Hotnews
​Segunda entrega del diario que narra la subida al campamento base del Annapurna por Jesús del Cerro este verano. Día 2: Ha amanecido soleado, pero mi ropa sigue húmeda.  Organizo mi mochila en lo que será norma a partir de ahora: parte seca y parte húmeda.  Dejo una camisa que tengo calada fuera de la mochila para que se vaya secando mientras ando.

Trato de comprar agua pero, a partir de aquí tendré que comprar el agua hervida y filtrada.  Recupero mi botella de la papelera donde la tiré ayer, ahora es imprescindible. Qué cosas, las míseras botellas que usamos y tiramos sin parar en nuestra desarrollada Europa, de repente, aquí cobran valor, aquí, donde todo hay que subirlo a las espaldas de los porteadores, todo, de repente, es muy preciado. Quizás lo correcto sea esto y no nuestro despreocupado consumismo.

La subida a Chomrong es criminal. Hace mucho calor y estoy empapado, esta vez de sudor. Escalones y más escalones de una pendiente que casi permite subir los escalones ayudado con las manos. Me cruzo a una pareja de barceloneses y me dicen que estoy  a una hora de marcha del pueblo. Ellos solo llegaron allí, no me pueden contar nada del resto de la subida; han estado enfermos tres días.  El hervido y el filtrado del agua que tomaron no fue, al parecer, suficiente garantía y les entró una diarrea de aúpa. En México se llama a esto la “venganza de Moctezuma” refiriéndose a la diarrea que atacó a los españoles que conquistaban en aquellos tiempos el imperio azteca. De repente, las dos botellas de agua que tenía cargadas en la mochila pasaron de ser mis mejores amigas a un potencial peligro. Me despedí deseándoles una pronta mejora y seguí subiendo la escalera que me llevaría al pueblo principal de la zona. Hace mucho calor y tengo sed, me acuerdo de Moctezuma y desisto de beber. Media hora de escalones después la sed vence a la desconfianza y me pimplo media botella. Espero a Ram y a los síntomas de la diarrea.

Estoy calado pero no me puedo cambiar de ropa, solo me queda una camisa seca y ponérmela ahora sería perder esa única y preciada posesión. El cielo está despejado y el sol nos castiga sin piedad; estoy a dos mil metros. Mientras espero y veo que no siento ningún síntoma de diarrea, despliego toda mi ropa al sol y me quedo en calzoncillos.  Un par de porteadores pasan y ven sorprendidos a este europeo que ha decidido montar un puesto de secado de ropa en mitad de la montaña –sin contar que estoy en calzoncillos–. Saludo amablemente mientras por dentro no puedo evitar reírme del absurdo de la situación.

En Chomrong vuelven a sellarme mi pase para poder seguir andando por estas montañas. Este pueblo es el centro de la vida en esta zona.  Aquí hay escuela, tiendas, albergues para los senderistas. Dentro de poco dejaremos de ver cultivos y las montañas crecerán –aún más–  en altura, el valle se estrechará y ya solo quedaran los refugios para los senderistas. Pero aquí todavía hay vida: señoras que lavan su colada en los mil cauces con agua, escolares, un par de carpinteros que convierten, con un gran serrucho, un tronco en listones, un chaval con un pequeño caballo que reparte unos fardos y campesinos que cuidan sus arrozales. La vida sigue a 2.170 metros.

La salida de Chomrong es una bajada de una hora y media, escalones y más escalones que ahora golpean sin piedad mis rodillas. Se llega a un puente colgante que delimita perfectamente la bajada que acabamos de realizar con la subida que encaro nada mas cruzar el río y que me llevará, tras subir tres mil escalones, a Sinuwa. Adelantamos a unos coreanos que van sin mochila y que llevan a una serie de porteadores cargados hasta las cejas. La verdad, puedo entender que alguien mayor no pueda llevar su mochila pero, esa opulencia que desprende este grupo de senderistas andando sin un solo gramo de peso y cargando a sus porteadores con monstruosas mochilas me genera sentimientos no muy positivos hacia ellos.

Paramos Ram y yo en una casa en la que, como en muchas aquí, han habilitado un pequeño comedor y venden agua y algún refresco, cocinan y, en definitiva, consiguen un dinero extra gracias a que el camino a las montañas pasa por la puerta de su casa. Nos tomamos dos sprite, las latas están desgastadas por el porte y la fecha de caducidad no deja dudas de que llegaron aquí hace tiempo: llevan caducadas casi un año. Por supuesto, nos la tomamos con la mayor de las alegrías mientras contemplamos las vistas. Un par de gallinas corretean entre nuestros pies, un poco más allá una señora en cuclillas lava la ropa y el maíz se seca al sol.
 
Metemos las latas vacías en la mochila y seguimos camino. A partir de un punto debes hacerte responsable de toda la basura que generes y, aunque no todo el mundo lo hace, nosotros almacenamos en un lugar de la mochila latas, envoltorios y demás basura.

El sol que ha ido haciendo por la mañana, unido a mi improvisado secadero, ha permitido secar parte de mi ropa. Reorganizo orgulloso mi mochila constantando que la sección correspondiente a ropa seca vuelve a estar ocupada. Seguimos caminando y, en un punto, un cartel nos indica que entramos en un lugar sagrado y que, de aquí en adelante, no se puede consumir carne (salvo de oveja) porque enfadaríamos a los dioses y esto provocaría desastres naturales y no sé cuántas desgracias más. Para no enfadar a nadie, la dieta a partir de aquí se iba a reducir drásticamente.
 
Delante de nosotros, como guía, aparecía de vez en cuando el Machapuchare, la morada del dios Shiva de 6.993 metros. Es la única cumbre que no ha sido pisada nunca, es un monte sagrado y no se da permiso para escalarlo. En 1957 la última expedición autorizada a subir se quedó a cien metros porque, por respeto, habían prometido no pisar cumbre. La verdad, no tenía ni idea de su existencia pero me gusta que quede una cumbre sin hollar, una montaña sagrada, un resto inexplorado que, paradojas de la vida, a nosotros nos servía de guía para llegar al campamento base del Annapurna.

A la una empieza a cambiar la temperatura, hace más frío, se empieza a notar la altura y las paradas deben ser cortas.  Sudando por el sol mientras caminas estás bien pero, al pararte, el viento te enfría en pocos minutos. Notas que la vegetación va cambiando, grandes helechos dominan ahora la parte baja y los árboles son más pequeños. Según mi idea de la montaña, a partir de dos mil metros no debería haber más árboles… pero esa es la idea de un europeo y en Europa la montaña más alta no llega a los cinco mil metros. Aquí se juega la Champions de las montañas y la lógica es otra.

Los caminos siguen medio desiertos, algún porteador, algún campesino (cada vez menos) y pocos, muy pocos caminantes, asiáticos y algún europeo principalmente. El agua sigue haciéndonos compañía, las cataratas siguen a uno y otro lado, cruzamos ríos y arroyos sin parar, nuestro camino se convierte de cuando en cuando en un improvisado cauce y nos obliga a hacer equilibrios e ir avanzando de piedra en piedra y, sobre la una y media, el monzón acude a su cita y la lluvia vuelve a caer.
 
El siguiente núcleo es Bamboo a 2.400 metros de altura. Aquí ya no hay casas, esto son albergues hechos para los caminantes, más profesionalizado.  Hay habitaciones aquí y allí, baños con agua caliente si pagas por ella y el menú es vegetariano para no enfadar a los dioses. En temporada alta esto debe de ser un hervidero de gente, ahora cuento siete personas entre las que me incluyo. No tengo mucha hambre pero me obligo a tomar una crema de champiñones de sobre. Descubro enseguida que las recetas de las sopas de sobre cambian de país a país y esta es extremadamente picante. Como hay que comer, procedo a tomármelo como un ejercicio, cucharada tras cucharada, mientras mi lengua y mi paladar sufren el picante. Enfrente de mí, trabajan unos obreros en la ampliación del albergue totalmente calados y, más arriba, veo el agua despeñarse en una preciosa cascada.
 
Cuestas, lluvia y tres horas de marcha después llegamos hasta Dovan, a 2.590 metros de altitud. Aquí una ducha de agua caliente cuesta un euro y medio, cargar el teléfono, dos y dormir, cuatro. Decido que la ducha será fría con un barreño –ya como tradición–, cargo el teléfono y ceno arroz con verduras.
 
Ya en la habitación, con la ropa tendida en esa obsesión por tener algo de ropa seca, procedo a acostarme con la única prenda que está seca: una camisa que me abrocho hasta arriba mientras me meto debajo de las dos mantas que Ram ha conseguido para mí. Una me habría llevado a pasar frío. Mientras me quedo dormido, entre sueños, agradezco a Ram la gestión de las mantas.






















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