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Eso es el cine, solo hay que dejarse llevar

de Jesús del Cerro     HotNews.ro
Sâmbătă, 8 aprilie 2017, 13:03 Espanol - Moldavia

El español y el inglés se divierten en nuestro rodaje.  Digo que se divierten, y no que se hablan, porque el verbo hablar no representa en su justa medida la situación de las dos lenguas.  Aquí, las pausas son “breiquecitos”; no se llama de vuelta, se llama para atrás, reflejo del “I call you back”; el café es “black” y se paga con dólares pero la vuelta se da en pesetas.

Parte de los miembros del equipo solo hablan español, parte solo inglés y el resto los dos.  El problema es que nunca tienes claro quién te está escuchando, por lo que puede ocurrir perfectamente que Pablo –el dire de foto– y yo, españoles los dos, nos sorprendamos hablándonos en inglés.  O que yo le esté explicando algo a una actriz que me mira muy atenta y, aunque asiente, sus ojos me muestran duda hasta que, después de unos segundos, me doy cuenta de que no se está enterando de nada porque le estoy hablando en español; cambio de idioma y explicación entendida.  A cambio, ella responde con un “sí, claro” en español y una sonrisa.  Ha aprendido unas palabras y las usa.  Otras veces tengo a dos actores juntos, uno solo habla español y otro solo inglés y me veo explicando la secuencia saltando de un idioma a otro, repitiendo cada concepto en cada lengua y rápido, que el tiempo apremia.  Ellos me miran fijamente, atentos a su parte de la explicación aunque, como salto de una a otra lengua solo entienden la mitad.  Robert, el gruista, marca, según mis instrucciones, “the first position” y, unos segundos después, le marco la última posición de la cámara; no habla español pero entiende que “última” es para él “the final position” y que he cambiado de idioma sin darme cuenta.

Tim, el ayudante de dirección, es de Boston.  Habla solo inglés pero está aprendiendo español, por lo que ha decidido que parte de sus órdenes de rodaje, entre ellas el “acción”, sean en español.  Cuando se equivoca y pide “solencio” todos nos callamos y, después de la toma, cualquiera del equipo que esté cerca le corrige.  Todos nos entendemos, nos divertimos y nos comunicamos perfectamente, todos saldremos de este rodaje con mejor nivel de idiomas.  Tim hablará mejor español, yo manejaré mejor la jerga del cine en inglés, la actriz del “sí, claro” cada día incorpora más palabras y ya pregunta “¿sí está bien?” al acabar sus tomas en un muy correcto español y los del equipo de cámara, hablen uno o los dos idiomas, se divierten imitando a Pablo y su españolísimo “vale tío” además, claro, de aprender todos (los que no somos de Puerto Rico) qué es un mofongo, una ensalada de grano, los maduros, los tostones o los gandules gracias a nuestro maravilloso cocinero Pierre.

Puerto Rico es un lugar muy especial: actualmente es un estado asociado a Estados Unidos que formó parte de España hasta 1898.  El idioma y la cultura son hispanos, pero todos los niños aprenden las dos lenguas y acaban siendo bilingües.  Los policías llevan uniformes y vehículos al más puro estilo americano y los buzones del US Postal Service y las bocas de incendios que hemos visto en mil películas colonizan las aceras.  Los restaurantes de comida rápida están por todas partes americanizando el paisaje, pero dentro se escucha bachata y rumba y la gente sale a tomar el fresco por la noche y a jugar al dominó.

Nuestro rodaje vive de esa realidad, de esa mezcla.  Gran parte de los miembros del equipo vienen de Los Ángeles, otros de Nueva York y otros muchos son de Puerto Rico; tenemos un enviado de Bollywood, Sam –nuestro responsable de imagen– y un actor canadiense con unos ojos azules que hechizan; luego está Vinnie, el segundo ayudante de dirección, que es holandés y muy alto y que, junto con tres españoles, completamos el cupo europeo; solo nos faltaban representantes de Oceanía y África para tenerlos de todos los continentes.

Llevo años trabajando con equipos de muchas nacionalidades; el inglés es, claro, el idioma que ayuda a vertebrar muchos de esos equipos pero, lo que realmente hace que los rodajes sean fluidos y que la gente trabaje coordinada a pesar de la diferencia de lenguas y costumbres, es que las historias son universales, los sentimientos reconocibles en cualquier lugar del mundo y los códigos con los que trabajamos son aquellos con los que vivimos; porque el cine es, básicamente, un reflejo de la vida real, a veces más pálido y a veces más vivo, pero un reflejo de lo que sentimos, queremos, odiamos y deseamos… de nosotros mismos.

Cuando diseñas una secuencia, cuentas lo que le pasa al personaje, hablas de si está amenazado, si huye o ama, si se quiere vengar o está asustado o si, simplemente, quiere relajarse o reír.  Todas esas cosas son reconocibles seas de donde seas, quizás no sepas como explicarle al director de arte el color que quieres para las paredes y tengas que buscar un pantone, o no sepas explicar en otro lenguaje el tipo de vestuario que buscas.  Aquí, por ejemplo, a los vaqueros se les llama mahones y a los petos, mamelucos.  Hablamos español y nos cuesta entendernos en ese tipo de cosas.  Pero cuando junto al actor canadiense de los ojos azules, al portorriqueño de acento melodioso y a la americana del “sí, claro” para explicarles la secuencia y les hablo de lo que sienten y de por qué lo sienten les doy referencias, busco en su pasado y les muestro ejemplos, momentos de su vida, sensaciones, construyo situaciones y les enfrento a ellas para que se asombren o descubran ahí lo que quiero que transmitan.  Ahí no hay duda, ahí todos saben de lo que hablo, todos entienden lo que quiero que transmitan; por eso el cine es tan poderoso, por eso todos recordamos muchos momentos de películas, momentos memorables que nos acompañarán toda la vida, porque, en ese momento, ese espejo que es el cine consigue reflejar con todo su esplendor un sentimiento, un ideal, un impulso que, durante un segundo, es tan verdadero como la vida misma y nosotros, en la sala de un cine o en el sofá de nuestra casa, volamos, sentimos, vivimos, amamos con los personajes de la pantalla.  Ese reflejo durante un segundo es real y, abanicados por la banda sonora, nos olvidamos de nuestros problemas y nos convertimos en los protagonistas de la película, del mundo, del universo.  Cuando eso ocurre, solo hay que dejarse llevar.  Eso es el cine.
























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